En Netflix hay un reality de citas entre personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA)*. La serie que tiene 2 temporadas se llama Love in the spectrum, traducido Amor en el espectro.
Voy a recurrir a las comillas bastante seguido, porque esto me disparó la puesta en revisión de una cantidad de afirmaciones.
El TEA tiene como característica general, la incapacidad de hacer lecturas simbólicas, lo que lleva a una literalidad permanente que dificulta la interacción social.
En la serie, una persona que se llama Jodi, se dedica a “entrenar” personas, de edades entre 20 y 30 años que por lo general nunca tuvieron una cita, y las prepara para tener un encuentro.
Este entrenamiento, para sorpresa de la “normalidad”, parte de las consignas más básicas: -¿Qué es lo primero que hacés cuando te encontrás con alguien? -Me presento, arriesga el alumno, y Jodi le responde -Lo primero es saludar. ¡Hola!, ¡Buenas tardes!, recién después decís tu nombre.” Qué básico suena todo.
A continuación aparece la pregunta clave: -¿Qué es lo más importante en un encuentro?
-Lo más importante es conectar con el otro. (Obvio, qué más sino…) Hay quienes mencionan también hacer contacto visual, dado que es una dificultad frecuente entre personas dentro del Espectro Autista.
-¿Cómo conocemos a otra persona en un diálogo? Preguntándole cuáles son sus intereses y contándole cuáles son los propios y en función de eso, buscar puntos de coincidencia.
-Si antes de decir cuáles son tus intereses le preguntás a la otra persona cuáles son los suyos, comenzás dejándole saber que uno de tus intereses es conocerla. Les especifica Jodi.
Cada participante enumera sus intereses principales, y -atención con esto- enumera en una segunda lista, lo que no tolera, lo que le hace mal.
Nadie pretende no ser vulnerable y tienen muy en cuenta eso que fue señalado como negativo. Escuchan atentamente cuáles son los intereses de la otra persona buscando coincidencias. En los encuentros grupales, la gente que organiza les da una cantidad de tarjetas con títulos de temas para charlar, porque una gran preocupación es “Qué pasa si quedo en blanco”. Entonces cuando esto ocurre, toman la pila de tarjetas que guardaban a mano, y leen la primera en voz alta para retomar la fluidez del intercambio.
Al final del encuentro, se preguntan mutuamente si les gustaría volver a verse. Se dicen cosas tales como “Sos una hermosa persona”, o “Creo que no tuvimos mucho en común”, y a veces también “Fue todo muy lindo, aunque no hubo encuentro romántico”. Con la misma honestidad con la que llegaron con flores y chocolates de regalo, compartiendo su ilusión sin disimulo.
Para las personas solteras -fuera del Espectro Autista- que permanentemente interactúan con otras, todo ese procedimiento “se hace” de forma inconsciente, “natural”. Siguen las comillas por doquier.
Qué pasaría si -aprovechando las ventajas de ser “normales”- utilizáramos nuestra capacidad de leer lo simbólico para revisar la infinidad de supuestos que manejamos acerca del otro, y permitiésemos al genuino interés, hacer lo que el deseo le inspira. Si nuestra preocupación fuese intentar que nuestras acciones estén alineadas con nuestro deseo, tal vez nos vincularíamos más frecuentemente, de manera más saludable.
Por lo general, nuestra capacidad de amar y dar está condicionada por las millones de especulaciones que desata nuestro generador descontrolado de supuestos, al que aceptamos con sorprendente sumisión, aunque nos condene al fracaso reiterado.
Asumimos, sin interesarnos por saber, y cuando damos información, jugamos a vender un personaje ideal, lo que “suponemos” que la otra persona quiere escuchar. Y si a esto le sumamos que nos van a escuchar bajo el cristal de otros supuestos, imaginémonos la construcción imaginaria que resulta de eso.
Es cierto que la mente necesita automatizar para simplificar acciones. Por ejemplo, cuando aprendemos a manejar, pensamos cuándo apretar el embrague y por suerte en breve dejamos de percibirlo. Sería agotador no poder simplificar acciones que repetimos. Nadie necesita pensar qué paso dar primero y cuál después. Pero distinguir en qué momento esa simplificación no es aplicable, depende de nuestra “capacidad”.
Cuando en una acción participan dos variables tan “únicas, diferentes y desconocidas”, no necesitaríamos primero obtener información suficiente antes de activar un supuesto?
¿Qué nos lleva a aferrarnos a las suposiciones? ¿La falta de deseo de averiguar la información que desconocemos? ¿Y si no tenemos ese deseo, qué nos mueve al encuentro?
La construcción de supuestos que con tanta obediencia aceptamos, sin evaluar las variables que desconocemos, tal vez solo sea generada por la necesidad de tener una estructura donde descansar el criterio, y entonces será ahí adonde hayamos depositado nuestro deseo: en la simple y limitada seguridad de las estructuras.